El polígono que iba a desarrollarse allí, se situaba próxima a lo que era y sigue siendo la principal entrada a la ciudad, la avenida Alfonso Molina. El terreno tenía un fuerte declive Este-Oeste y lo caracter
izaba el paso del oleoducto Bens-Puerto, dividiéndolo en dos mitades.Se trataba de un barrio paradigma de la modernidad, con un trazado cuidado y pensado donde se le daba importancia al peatón y se secundaba la del automóvil. Contiene calles peatonales que recorren los bloques a modo de galerías, y crea una serie de recorridos que une los bloques con plazas, bajo las cuales se localizan los aparcamientos, y alrededor los espacios infantiles, locales de reunión, cafetería, parroquia y supermercado, es decir, espacios perfectamente adecuados a un uso previo. Alguien pensó una arquitectura con pocos recursos pero con la voluntad de que las personas que allí vivirían lo hicieran mejor, con más calidad de vida. Recogiendo una alta densidad de edificación, las construcciones crecieron al lado de zonas libres, áreas de esparcimiento, lugares en los que la edificación facilitase el ocio y la relación entre sus habitantes.
Hoy, 30 años después, muy cerca, en Eirís y Matogrande, se han levantado grandes edificios de viviendas, sin ninguna planificación, con un afán especulativo desmesurado, y que no han mejorado en absoluto la idea conceptual de lo que pretendía ser el barrio. Quizás el proyecto fuese por delante de su tiempo, anticipando soluciones que sólo se podrían comprender del todo cuando se diesen ciertas premisas de racionalidad, todavía no maduras en aquellos tiempos. Seguramente no es perfecto, pero ha conjugado aspectos sociales, tecnológicos, estéticos y económicos con un resultado de riqueza compositiva y espacial, que manifiesta el buen oficio de quien lo proyectó, independientemente de que se haya logrado o no, el objetivo buscado.
Entre los equipamientos que se pensaron para el Barrio, solo se llegó a desarrollar el edificio que intentamos analizar en este trabajo, se trata del Centro Parroquial, obra del arquitecto madrileño José Antonio Corrales Gutiérrez, que le sería encargada también una Unidad Vecinal, de gran reconocimiento y que le serviría para obtener el Premio Nacional de Arquitectura. El equipamiento de índole religiosa, estuvo durante años en estado de semi abandono, lo que ha repercutido en su estado actual, pero debemos de reconocer que el edificio está tocado por la magia de la arquitectura, siendo capaz de modelar, desde sus raíces, las formas arquitectónicas y consiguiendo una resolución equilibrada de la permanente dicotomía entre forma y contenido.





